Agencias
TUXTLA CHICO.- Hay imágenes que valen más que mil encuestas. En el fragor de un partido de la selección mexicana en el Mundial, entre la marea verde de camisetas y la tensión del marcador, surgió una estampa con un poderoso mensaje político subterráneo, Julio Gamboa Altuzar, es privilegiado, popular y rodeado de familias, tal cual lo externa la foto que define su estilo y, sobre todo, un capital político que se cotiza al alza.
Esa estampa nos revela la materia prima de su vigencia. Se habla de un presidente del pueblo para el pueblo, y aunque la frase resuena por la constante popular; el caso de Gamboa Altuzar adquiere carnadura en la práctica. Porque no es lo mismo bajar a la plaza en un acto de campaña con la parafernalia del mitin, que hacerlo en un partido de futbol. Ahí no hay estructura que contenga, ni templete que separe. Ahí se mide el termómetro real de un liderazgo, mediante el saludo espontáneo, la solicitud genuina de una selfie, la conversación breve con el joven o la madre de familia y los abrazos sinceros al por mayor con el pueblo.
Julio Gamboa disfruta, saluda, lo saludan, platica, escucha en medio del rugido de toda una población en plena efervescencia.
La escucha activa en un entorno de fiesta y estrés deportivo revela a un político cómodo en su propia piel, que no necesita protocolos artificiales para conectar, sino actitud genuina, propia de un hombre de pueblo.
La cercanía con las familias y la juventud, es el núcleo duro de una popularidad que yace intacta y se expande de manera orgánica.
Mientras otras figuras públicas construyen muros a su alrededor, la sencillez y humildad que proyecta Gamboa Altuzar operan como un imán en una época donde la ciudadanía rechaza visceralmente la simulación y el privilegio.
En la cancha de lo simbólico, Julio Gamboa Altuzar parece estar goleando. Porque en un país donde la política se ha vuelto un espectáculo de distancias y élites inalcanzables, ver a un líder regocijado entre la gente, sufriendo y celebrando como uno más, no es solo una anécdota, es una acción original y verídica. Y ese tipo de discurso, el que se vive, es el único que al final del día convence. Su popularidad no necesita reflectores dirigidos; se alimenta de la luz natural de la calle y, como se vio recientementen, fortalecido.
